lunes, 17 de noviembre de 2014

ACTO DE CLAUSURA 2014

Os dejamos un enlace que podeis visitar para ver  los audiovisuales de las obras ganadoras.

Asociación Cultural El Yelmo- XI Certamen Literario Carmen de Michelena -2014



PREMIO POESIA - Luisa Pastor Martínez
(n. Orihuela, 1974).
Licenciada en Filología Hispánica,  ejerce como profesora de Lengua Castellana y Literatura Universal de Secundaria. Desde 2009,   combina la docencia  con la escritura y la declamación, actividad esta última en la que ha cosechado diversos premios, como el Diego Granados Jiménez. Es fundadora y directora, asimismo, del Grupo de Poesía Escénica y Audiovisual “Auralaria”,  y autora de los poemarios inéditos Las rosas terminan y La rapsodia en azul. En 2013, publica sus primeros poemas tras resultar seleccionada por la Editorial Torremozas en su certamen “Voces nuevas”.


te llaman y las llamas y como niñas
jugáis junto al río y arañáis la tierra

vengo de una casta de mujeres fuertes y solitarias

las mujeres de mi casta
no hablan bajito   duermen poco   y mueren solas

acaban sus días atadas a la vieja encina
replegadas en sí mismas
se dejan ir sin grandes estridencias

son sus últimos murmullos  signos de un extraño idioma

las mujeres de mi casta
dan besos al aire    lloran cuando ríen   y a veces perdonan

cuando beben champagne  se ponen tristes   melancólicas
           pero de un solo impulso se levantan
como si jamás hubiesen derramado una lágrima

las mujeres de mi casta
miran de frente       no saben de cálculos
solo de emociones y pasos perdidos

recuerdan los amores y los días
miran con añoranza las cumbres lejanas
pero nunca se dejan derrotar
las mujeres de mi casta

en estancias vacías oímos ecos que nadie más puede oír
y lloramos ante el muro
y contamos con el silencio
que  - quién sabe por qué- nos reconforta

las mujeres de mi casta
buscan siempre algo en sus bolsillos
pero apenas encuentran un nombre
en los dobladillos de su delantal

siempre detrás de  palabras
siempre en la orilla opuesta
visitando el lugar preciso
donde el barro está removido   y nos aguarda

ahí hemos estado jugando desde niñas
por eso nunca abandonaremos ese trozo de tierra
esa ribera nos pertenece
la delimitamos con nuestras pequeñas manos 

en el hoyo profundo
los vestidos de nuestra infancia
nuestro vestido rosa con lunares blancos
nuestro vestido de vuelo
bajo la llanura arañada
como los deshechos de una bandera

las mujeres de mi casta
marcan su paso por el mundo
con unas pocas ramitas

atraídas por el viento desde la espesura
por donde un día caminaban a solas

bajo el sol de invierno

PREMIO RELATO
Manuel Pozo Gómez, nacido en Madrid, de padres andaluces. Licenciado en filología alemana en la Universidad Complutense de Madrid, tiene como actividad profesional la traducción de alemán-español.
Como resultado de los concursos en los que ha resultado ganador ha publicado sus relatos en varias antologías de cuentos, en revistas digitales y blogs especializados. Es coautor de libros de relatos: “Fabián Casares”, “El tiempo en el acantilado”, ”El día que me encontré con Pirri”
En la actualidad coopera habitualmente con el blog del Taller de Creación Literaria de la Casa del Reloj


Mirando el reloj

Me despierto cinco minutos antes de que suene el despertador. Van a ser las siete. El vecino ya está en la ducha. Siempre me adelanta por dos o tres minutos. Me preguntó quién será. No sé por qué siempre pienso que es el vecino el que está en la ducha y no la vecina. Cuesta trabajo levantar a los niños. Víctor protesta porque no quiere ir a inglés, Laura llora porque no se quiere peinar. Salimos de casa. Dejo a Fernando en la boca del metro. Continúo hasta el colegio. Les dejo en la puerta a las ocho y cinco, un pelín tarde. El conserje mira el reloj y me dice que hay que llegar antes.
Llueve ligeramente. Hay atasco. Son las nueve pasadas cuando llego al trabajo, un cuarto de hora más tarde que de costumbre. Me quedo sin desayunar. Entro en la oficina. El señor Guzmán está en la puerta ¡Buenos días! le digo. Mira el reloj, me mira con gesto agrío y no contesta. Me voy a mi despacho. Saludo a mi compañero. Charlamos un rato. Nos ponemos a trabajar. A las diez y media salimos a tomar café. Justo después, a las once, tenemos una reunión. Me llama
Marta por teléfono. Le digo que tengo que entrar en una reunión y que luego la llamo. Guzmán está insoportable. Tenemos que acabar un proyecto cuanto antes. La mañana es de locos. Nos vamos a comer. Apenas una hora. Por lo menos le perdemos de vista una hora. Después de comer metemos la cabeza en el ordenador y seguimos trabajando. Mi compañero y yo apenas nos decimos nada, no tenemos tiempo de hablar. A las cinco menos cinco salgo disparada para llegar al colegio. Tengo mala conciencia. Voy justa de tiempo. No he podido acabar el trabajo como me gustaría.
Aparco en doble fila. Recojo a los niños. El vigilante de las multas está cerca del coche. No sé por qué me imagino que este también va a mirar el reloj. Llego al coche con los niños de la mano. Abro la puerta. Hago un gesto de disculpa. No falla, el vigilante mira el reloj y me perdona la vida. Llegamos a casa. Fernando aún no ha llegado. Los niños meriendan. Yo me tomo un café. Víctor se pone con los deberes. Le ayudo. Se me atraviesan las divisiones de tres cifras. Cogemos la guitarra. Le llevo a clase de música. Son las ocho. Me doy una vuelta mirando escaparates mientras termina. Me acuerdo de que tenía que llamar a Marta. Me dice que estaba en Madrid de paso, que había venido a un cursillo y que me llamaba para comer juntas, pero que ya se ha ido a Murcia. Otro día será. Víctor sale disgustado de música. Dice que el profesor es un imbécil, que está todo el día enfadado y regañando. Le explico que de vez en cuando hay que aguantarse con gente así. Yo, en el trabajo, también tengo uno igual. Nos vamos a casa. Víctor se pone a hacer los deberes que le faltan.
 Cenamos. No veo a Fernando con ánimo de bajar a tirar la basura. Dice que se va a duchar. Me apetece despejarme un poco. Decido salir a la calle con la idea de tirar la basura y dar una vuelta a la manzana. Me encuentro con Alicia, la del tercero, que ha salido a pasear al perro, y con Ángel, el del quinto derecha, que ha salido a fumar un cigarro. Charlamos un poco. Al final vuelvo a casa sin dar la vuelta a la manzana. Laura ya se ha dormido. Víctor está viendo la tele. Fernando está con él. Llamo por teléfono a mi madre. Me dice que está mejor, pero no me lo creo. Le noto algo raro en la voz. Me pongo en el ordenador a escribir este diario, mi diario. Víctor se va a la cama. ¡Buenas noches, mamá! ¡Buenas noches, hijo! Espero un rato. Voy a apagar la luz de las habitaciones de los niños. Les doy un beso. Fernando aprovecha que está solo y pone un partido de fútbol. Da igual quien juegue, todos los días hay fútbol en la tele. Cierro el documento. Apago el ordenador. Me siento en el sofá, al lado de Fernando y aguanto diez minutos. Doy cabezadas y siento que me voy a quedar dormida. Me voy a la cama. Me despierto cinco minutos antes de que suene el despertador, van a ser las siete.


FINALISTA POESIA:  AMANDO GARCÍA NUÑO



Madrid, 1955.  Segoviano de trece generaciones.

Licenciado en C. de la Información (Periodismo). Estudios Ciencias Químicas
Colaborador en medios radiofónicos y publicaciones literarias.
Más de un centenar de premios literarios en prosa y verso
    

CELEBRACIÓN DE PRIMER MINUTO
¿Quién eres tú al fin, y por qué callas?
Gamoneda     
A modo de prólogo

Esa mujer, sentada en la escalera,
medita un teorema: seguir hacia el portal
vale más que vivir en los rellanos.
                                     
Celebración
Por su cumpleaños, la felicitaron todos,
cuarenta y nueve mentiras anotadas
en la agenda, primero, su marido,

con el tedio en el aliento, y un collar
que quizá eligieron otras manos,

nada había en sus ojos, y nada hubo
cuando al teléfono escuchó a su madre
dorar tiempos perdidos con coletas
cuarenta y nueve anhelos en el cubo
de la basura,
                     ninguno reciclable,
no faltó, claro, el cumpleañosfeeeeeliz
fingido por colegas del trabajo,
leves besos sellados de recelo,


su hijo, claro está, a media mañana,
no me esperes despierta, no me esperes,
puede que hoy no regrese,
                                          el abandono

herrumbroso de infancias, las de aerobic
con promesas de juventud eterna,
también su jefe, con cortés despego,
cuarenta y nueve escalones al vacío
y eso sí, una bandeja de pasteles
donde endulzar las huellas de la ausencia…

Hacia las doce menos cuarto abrió
el armario donde colgaba en perchas

la vida de repuesto, y escapó
hacia la calle, convencida ahora,
cuarenta y nueve sueños esperando
el autobús, 
                 de que aún era tiempo
de escapar de aquel escapar-ate,
se dirigió despacio a la estación,
hoy empezaré otra vez la cuenta,

reseteó su corazón a cero,
quizá esta noche la felicitaran
los besos por robar,
                                las ilusiones
florecientes al fondo de su bolso,
o un gozo tibio en sus cabellos lacios…

Vio un destino sin vías ni transbordos,
tal vez sea el mío, consiguió un billete,
arrojó su alma usada y su cartera
a las alcantarillas del pasado,
es mi primer minuto,
                                 susurró
mientras vibraba el móvil sin respuesta,
y en la hoja en blanco de los almanaques
se deslizaba un tren hacia la vida.

FINALISTA RELATO: AINHOA OLLERO NAVAL
Nací en Huesca en 1979, y tras pasar bastantes años en Barcelona, acabo de regresar a mi localidad natal. Soy licenciada en Comunicación Audiovisual por la UAB y he trabajado en el sector audiovisual y también en gabinetes de prensa, organización de eventos y redacción de contenidos. Mi pasión es escribir y a eso estoy dedicando mis esfuerzos actualmente; soy escritora en busca de editor y coordinadora de LA MADRIGUERA DE HISTORIAS, un punto de encuentro entre escritores y artistas gráficos. He publicado online un libro de relatos breves, y hace poco he descubierto el placer de la poesía.

¿POR QUÉ NO PUEDES SER COMO LAS OTRAS NIÑAS?

            Carla intentaba disimular el aburrimiento, asintiendo sin demasiado interés a los comentarios de sus amigas de la infancia, todas ellas abnegadas madres y esposas, que vestían ropa clásica y lucían peinados que las hacían parecer
mayores de lo que en realidad eran (más de treinta, menos de cuarenta). La conversación se centraba en temas relacionados con la pedagogía y otras áreas de conocimiento con las que ella no estaba familiarizada en absoluto, y con las que no pensaba familiarizarse mientras pudiera evitarlo. Hubiera preferido una botella de buen vino tinto y cotilleos ligeros e “inofensivos”, no del todo malintencionados, del tipo quién se ha separado, quién se ha emborrachado vergonzosamente en la cena de Navidad de la empresa, quién ha engordado mórbidamente al poco de casarse, quién ha recuperado la figura sospechosamente deprisa después del parto, etc, o bien una charla estimulante sobre libros, películas y temas de actualidad, pasando por la política, si hacía falta, previamente provista de un buen casco protector. Pero esa tarde tocaba chocolate con churros y colegios bilingües y complejo de Edipo, y cesáreas y
similares. Un latazo, vaya. Pero así es la vida: llegada una cierta edad, si no tienes intención de romper completamente con las amigas de siempre, a las que quieres mucho a pesar de que mutuamente os veis como extraterrestres, hay que pasar por esos trances. Los encuentros individuales son más cercanos y gratificantes, pero en las quedadas de grupo, la mayoría inclina la balanza de la conversación hacia su propio terreno. Es lo que hay.
Y entre bostezos, más o menos disimulados, y miradas de reojo al reloj, se dio cuenta de algo que nadie más percibió. Una de sus amigas, impaciente y visiblemente estresada, reprendió a su hijita de cinco años por no querer jugar con las otras tres niñas del grupo, que montaban un escándalo de cuidado y brincaban de mesa en mesa como si fueran las dueñas del mundo ante las sonrisas beatíficas de sus complacientes madres. La pequeña Susi, en cambio, prefería pasar el rato dibujando en su libreta. Y lo hacía con bastante habilidad, por cierto.
            -¡Hay que ver, hija, eres más rara que un perro verde! ¿Por qué no puedes ser como las otras niñas? Ya dibujarás en casa, qué cansina, todo el rato con el lápiz. ¡Ve a jugar con las demás!
            Ante esta crítica, que podría parecer inofensiva a los adultos, poco propensos a dar importancia a los sentimientos de los niños (¡qué rápido nos olvidamos de nuestra propia niñez, cuando tantas cosas se nos hacían un mundo!), los grandes ojos castaños de la pequeña se vieron momentáneamente ensombrecidos por el dolor y la vergüenza, pero se repuso pronto y, tras guardar obedientemente su cuaderno y sus lápices de color, se acercó con timidez a las otras niñas, que aunque no le hicieron mucho caso, la admitieron en su juego; sabían que si no lo hacían, la próxima reprimenda sería para ellas. Ahora habría cuatro princesas monstruo o lo que fuera, en vez de tres, pululando por la chocolatería. Un gran logro para la humanidad. Y cuatro madres satisfechas ante la sociabilidad y energía infantil de sus retoñas.
            Carla, por lo general poco dada a interactuar con niños, hacía rato que se había declarado, interiormente, fan de Susi y voluntaria para impartir collejas entre las otras tres, pero claro, esto habría sido de lo más incorrecto. Lo “normal” es ser extrovertido, abierto, sin complejos, el perejil de todas las salsas, la alegría de la huerta; ser diferente o reservado simplemente no está bien visto. El objetivo es, primero, encajar, y luego, si se puede, destacar, siempre en lo que los demás consideran importante: ser el más guapo, el más popular, el que corre más deprisa o trepa más alto, el que tiene más juguetes, el primero de la clase. Ella también había sido la niña tímida (y con gafas de culo de vaso), negada para los deportes, que prefería un libro a jugar en la calle, había sufrido la incomprensión en sus propias carnes y por eso se preocupó. Intuyó en los gestos de la pequeña Susi un deseo de agradar y una timidez insegura que demandaban una gran sensibilidad y comprensión por parte de sus progenitores, cualidades de la que no andaban precisamente sobrados. Eran seres ambiciosos de piel dura, perfectamente aclimatados al sector bancario, en el que ambos trabajaban, y a las exigencias hipócritas y las puñaladas en la espalda de la clase social media bastante acomodada. 
            Sin poder evitarlo, se le encogió el corazón al recordar los largos años de tener que fingirse más alegre y descarada de lo que en realidad era, hasta que el fingimiento se apoderó de ella convirtiéndola en una jovencita salvaje, rozando el alcoholismo y la autodestrucción; era lo que se llevaba en la época previos a la omnipresencia de
internet, desfasarse y emborracharse, pero para Carla, que se fue de casa muy joven para estudiar fuera y sólo volvió de visita, todo eso no fue una mera fase y se encontró saliendo hasta las mil y saltando de cama en cama bastante tiempo más que sus amigas del pueblo. Ellas parecían escuchar con cierta envidia las exóticas aventuras de la que se decidió por la ciudad, que viajaba y salía con hombres de otras nacionalidades y culturas. Casi todos ellos tenían en común haberla tratado como un trapo, pero esto no se lo contaba a nadie tan a la ligera como la parte divertida del asunto. Atesoraba sus fracasos, guardándolos para sí aderezados con lacerantes pinchazos de vergüenza, y siempre iba a por más, buscando recrear los desprecios de la infancia, con la desquiciada esperanza de salir victoriosa la próxima vez.
            Y todo para encajar y ser aceptada. Mendigaba amor y hacía lo que hiciera falta, poniéndose a sí misma al final de su lista de prioridades. Ahora, a los treinta y algo, ya habiendo pasado por una dura etapa de autoanálisis, le importaba mucho menos la aceptación, pero miraba al pasado y no podía evitar sentir punzadas de dolor y preguntarse qué habría sido de ella si se la hubiera querido tal y como era, y si ella hubiera aprendido a defenderse. A lo mejor habría conseguido ser escritora, como siempre había soñado de niña, cuando miraba el universo de los adultos desde la distancia, a través de los gruesos cristales de sus gafas, justo antes de que el mundo la atrapase con sus despiadadas garras. O igual sería una despreocupada recepcionista de hotel, o una cajera de supermercado, qué más daba. Lo que sí sabía seguro es que habría sufrido menos.            
Las cucharillas tintineaban, anhelantes, apurando las últimas gotas de chocolate. Carla había terminado su té verde hacía siglos (se negaba a  tomar chocolate un sábado a las siete de la tarde, era muy joven para hacer cola a la puerta del geriátrico) y se estaba planteando pedirse o no una cerveza, pero renunció cuando vio que sus amigas daban los primeros signos de levantar el campamento. Que así fuera, pues. Intercambiaron besos y promesas de repetir más a menudo, y mientras se entretenían en la puerta, esta vez poniendo verdes a los maridos, Carla, que no tenía nada negativo que decir del que era su novio y socio desde hacía tres años, le pidió a Susi que le enseñara sus dibujos. Contempló la colección de “retratos”, paisajes y escenas fantásticas con sincero interés.
            -Son muy bonitos, ¿me regalarías uno?
 La niña, radiante de felicidad, arrancó el más colorido y se lo entregó. Carla le prometió que lo colgaría en su despacho y que siempre lo guardaría. Y mentalmente cruzó los dedos por Susi. Ojala se hiciera fuerte pronto y no se dejase pisar.
            El bullicioso grupo se dispersó. Pasaría bastante tiempo hasta que volvieran a reunirse todas, algunas cansadas, otras estresadas, otras ufanas ante el éxito profesional propio o del marido, otras quejumbrosas, alguna que otra sincera y feliz de ver a sus amigas.




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